
¡Qué noche vivimos en el Mario Alberto Kempes! Bajo un cielo que pasó de la furia del agua a la calma del festejo, Talleres demostró por qué es uno de los animadores del fútbol argentino. Aquí tenés el resumen de una jornada épica para el Matador

El partido comenzó con una incertidumbre total. El diluvio que cayó sobre Córdoba puso a prueba el excelente drenaje del Estadio Kempes. A pesar de los charcos en algunos sectores, la pelota rodó y la «T» salió decidida a imponer condiciones ante un Deportivo Riestra que llegó con su habitual libreto de orden defensivo y fricción.
Primer Tiempo: Talleres manejó la posesión, pero el campo pesado dificultaba el juego asociado de Botta y compañía. Riestra se abroqueló bien, apostando a algún contraataque que nunca llegó a inquietar seriamente a Herrera.

El Quiebre: Después del parate por la intensidad de la lluvia en algunos tramos, el equipo de Ribonetto encontró la llave. La presión alta surtió efecto y el Matador empezó a lastimar por las bandas.
El Gol: La explosión llegó tras una jugada colectiva que rompió el cerrojo del «Malevo». Un centro preciso y una definición implacable desataron la locura de los miles de cordobeses que aguantaron el clima.
Segundo Tiempo: Con la ventaja, Talleres administró los hilos del encuentro. Riestra intentó adelantarse con más empuje que fútbol, pero la zaga central albiazul estuvo impasable, ganando cada duelo aéreo.

Las claves del triunfo Tallarín.
Adaptación: Talleres entendió que no era noche de «fútbol de salón» sino de meter y correr.
Jerarquía: Los ingresos desde el banco le dieron el aire necesario para cerrar el partido sin sobresaltos.
El Público: El apoyo incondicional de la gente, bajo la lluvia, empujó al equipo en los minutos de mayor desgaste físico.
Consecuencias
Con este triunfo, Talleres sigue escalando en la tabla y se consolida en los puestos de vanguardia. Fue un examen de carácter: ganar cuando el clima no acompaña y el rival propone un juego físico. El Matador se quedó con los tres puntos y el orgullo de saber que, llueva o truene, en el Kempes manda la «T».



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